El dueño del cerro (••• y final)

Calco de la “Serpiente Almenada”, ejemplo de arte rupestre que se encontró en el Peñasco Los Migueles, en Chiquimula, que los investigadores han identificado tentativamente como la mítica serpiente Hor Chan o Chicchan que los Ch’orti’ mencionan en sus mitos. Nótese que la serpiente representada tendría cuernos  (Tomado de Batres Alfaro et al., 2009:16: Fig.1)

Calco de la “Serpiente Almenada”, ejemplo de arte rupestre que se encontró en el Peñasco Los Migueles, en Chiquimula, que los investigadores han identificado tentativamente como la mítica serpiente Hor Chan o Chicchan que los Ch’orti’ mencionan en sus mitos. Nótese que la serpiente representada tendría cuernos (Tomado de Batres Alfaro et al., 2009:16: Fig.1)

Por Alejandro José Garay Herrera

 

Algunos paralelos en otras áreas

La presencia actual de “señores o divinidades telúricas” que viven en el interior de  la tierra es conocida a lo largo de Mesoamérica, sobre todo gracias a las etnografías que se han realizado entre los diferentes pueblos de la región; la aparición de estos personajes es constante a lo largo de diversos lugares, manteniendo siempre ciertas características definidas – como su morada al interior de la tierra, sus abundantes riquezas y la capacidad de cambiar de forma, apareciendo generalmente con un aspecto antropomorfo – que permiten remitirlos a un elemento panmesoamericano de origen muy antiguo, que a pesar de las transformaciones que ha tenido a lo largo de los siglos – sobre todo durante la colonia – ha sobrevivido hasta nuestros días, en muchos lugares.

Para citar solo un ejemplo, entre los Chatinos [17] de Oaxaca se encuentra la presencia de seres llamados Ho’o Qui’ Ya (Santo Cerro)que son identificados como los “Dueños de los Cerros” entre los miembros de ese pueblo. Entre sus trabajos se encuentra mantener a los pueblos libres de la presencia de extraños. Se destaca su oposición a la construcción de carreteras, mediante la destrucción de la maquinaria a través de un derrumbe o inclusive al aparecerse frente a las autoridades respectivas como un vecino del pueblo, aunque desconocido por todos, afectado porque la carretera atravesaba “sus tierras”, quizás en referencia a su hogar, ¿el cerro? (Bartolomé y Barabas, 1982: 117).

De sus apariciones también se comenta que son “hombres muy altos, dotados de largas barbas y cabelleras, que se muestran erguidos en las cumbres de los cerros más altos” (Bartolomé y Barabas, 1982: 117). Al ser seres con un papel eminentemente benigno en el imaginario chatino, se atribuye en un caso el haber dado el maíz a los hombres para alimentarse (Bartolomé y Barabas, 1982:111) y en muchos otros ayudar al hombre a encontrar miel y otros bienes solicitados, tras recibir la debida ofrenda para pedir por todas las cosas.

En general ésta manifestación sobrenatural comparte con los personajes del área maya, la pertenencia al espacio “salvaje”, afuera de las comunidades, del que es propietario absoluto tanto del suelo como sus recursos (incluyendo a los animales), al que es necesario pedirle permiso y ofrendar algo en caso de querer adentrarse y aprovechar lo bienes de sus “dominios”.

Otro caso que llama la atención es la aparición de serpientes con cuernos, como las que Wisdom (1961) comenta entre los Ch’orti’, en zonas tan alejadas del área maya como el Norte de México, en la cultura de Paquimé  – Casas Grandes; e inclusive más allá en diferentes historias de la tradición oral de varios pueblos indígenas de Norteamérica (Michael Whalen, 2012, comunicación personal). Brown (1993), realizó un corto estudio donde mencionaba la relación de las apariciones de serpientes con cuernos y de otros tipos, en la cerámica de Paquimé (Figuras 4 y 5), con la tradición oral de los Hopis de Estados Unidos, donde varias serpientes juegan un papel importante en los mitos que explican el origen y dispersión de ése pueblo.

Como un hecho en extremo interesante se debe destacar la relación que ocurre en la cerámica del período Clásico Tardío de la Tierras Bajas Mayas, donde una figura anciana que es identificada como el Dios N (Taube, 1992), que varios autores identifican como el equivalente del Clásico del “Viejo Dios de la Tierra” o “Dueño del Cerro” (Janssens y Van Akkeren, 2003; Stone, 1995), emerge de las fauces de una serpiente, que posee elementos similares a cuernos y adornos sobre su cabeza (Figura 2). La aparición de ambos personajes juntos: el viejo dios anciano (Dios N) y la serpiente con cuernos, podría ser un reflejo de una interesante relación, que posteriormente se encuentra en la tradición oral indígena en la forma de “dueños” tanto antropomorfos como zoomorfos (particularmente serpientes); donde la serpiente no sería más que la tierra misma en forma de animal, de cuyas fauces, como si se tratara de una caverna, emerge la “divinidad telúrica” albergada en su interior.


A manera de conclusión

Este artículo es apenas un acercamiento somero a la naturaleza y presencia del personaje que se conoce como el “Dueño del Cerro” que se encuentra ampliamente representando en la tradición oral de diversas comunidades indígenas de Guatemala, pero cuya existencia se extiende más allá de nuestras fronteras.

Su presencia al tiempo que bien conocida es temida, ya que se sabe que sus contactos con el hombre solo ocurren en determinados casos para obtener algún beneficio para él, a cambio de un favor que con sus poderes sobrenaturales pueda brindar, especialmente riquezas. Resultando que el “favor”, es más bien una especie de transacción, un intercambio, en la que el hombre generalmente pagará condenando su alma a una eternidad de trabajo en la otra vida, a cambio de riquezas en el mundo mortal mientras viva; este es el “pacto” con el “dueño”.

Es curioso observar que la mayor parte de los relatos – más no todos – que mencionan al “dueño” como un ser antropomorfo, de aspecto ladino y extranjero,  son de la zona del occidente (Huehuetenango), mientras que los relatos que lo imaginan en su aspecto zoomorfo, o que mencionan seres zoomorfos – específicamente sierpes – jugando roles similares vienen de la zona centro – oriente (área Kaqchikel, Ch’orti’ y Poqomam); y a pesar de estas diferencias ambas regiones coinciden en definir a estos entes como seres en extremo poderosos y ricos, capaces de ayudar al hombre, pero también – y en la mayoría de los casos es así – de perjudicarle o causarle daño.

El “dueño” parece ser una de las reminiscencias más misteriosas de la religión prehispánica en Mesoamérica, que ha logrado sobrevivir a lo largo de varios siglos; como prueba de su antigüedad se puede notar su amplia difusión entre pueblos de la más diversa índole, encontrándose sus características de manera relativamente uniforme en los diferentes relatos. Aunque seguramente su imagen se originó de antiguas deidades prehispánicas que se encontraban asociadas con el culto a la tierra y a la fertilidad con un fuerte contenido local (i.e. se adoraría al cerro–patrón de cada comunidad particular), da la impresión de que con el pasar de los años y la influencia del cristianismo en la colonia, con el fin de ahuyentar a los indígenas del culto a esas entidades, se las fue transformando en seres malévolos y dañinos, de carácter ambivalente y voluble, que ya no apoyaban al hombre sino que buscaban condenar su alma a una vida de tormentos al interior de la tierra, que poco a poco se ha ido asimilando a la idea del infierno cristiano. En otras palabras, en muchos lugares la imagen del “dueño” se convirtió en una especie de demonio, o inclusive en casos extremos en un ser muy parecido al diablo, como ocurre con Juan No’j entre los mames de Santiago Chimaltenango, efectivamente revirtiendo su cercanía al hombre, convirtiéndolo de benefactor en malhechor.

Llama la atención de que a pesar de esto, en muchas comunidades los “dueños” no dejaron de recibir culto, ni las historias de sus contactos con el hombre desaparecieron. En muchas ocasiones se los sigue viendo como benefactores del hombre, siempre y cuando se los atienda con ofrendas y rezos adecuados; llegando incluso a ser considerados protectores de la comunidad, o de los alimentos.

Es precisamente su naturaleza ambivalente, lo que les permite ser amigos del hombre, pero también acecharlo para aprovecharse de la naturaleza humana – especialmente de la avaricia – para condenarle; es precisamente ese actuar tan similar al de los seres humanos, lo que pareciera hacer imposible que nos separemos de ellos. Es seguro que los “dueños”, permanecerán en el imaginario de nuestros pueblos, por muchos años más, participando de nuestros vidas, tanto positiva como negativamente.

 

[17] Pueblo indígena, que vive en las estribaciones de la Sierra Madre del Sur, en el suroeste del Estado de Oaxaca, en la República Mexicana, hablante de un idioma de filiación zapotecana (Bartolomé y Barabas, 1982).

 


 

Referencias bibliográficas

 

  • Batres Alfaro, Carlos Alberto; Ramiro Edmundo Martínez Lemus; y, Lucrecia Dalila Pérez García (2009) “Hor cha’an: La serpiente mítica ch’orti’ en el arte rupestre de Chiquimula, Guatemala”. En Liminar. Estudios Sociales y Humanísticos, Vol. VII, No. 1, pp. 1-18. México. Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. San Cristóbal de las Casas, México
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Alejandro José Garay Herrera, «Un acercamiento a “El Dueño del Cerro” dentro de la tradición oral de los mayas de las tierras altas de Guatemala. Comentarios en torno a un personaje que puebla el imaginario indígena»,  Revista Estudios Digital, No. 1 Guatemala: Escuela de Historia, USAC,  publicado octubre 2013, disponible en: http://sitios.usac.edu.gt/revistahistoria/index.php?id=65

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