El dueño del cerro [••]

Por Alejandro José Garay Herrera

 

Tonh Tx’alib, en Jacaltenango, Huehuetenango.  Foto de http://j.mp/1u4ezUY

Tonh Tx’alib, en Jacaltenango, Huehuetenango. Foto de http://j.mp/1u4ezUY

La presencia del Dueño

Los “dueños” suelen encontrarse en los caminos, en los momentos en que una persona se encuentra apartada, en soledad. Cuando concurren a la presencia de los mortales se los encuentra como una entidad ajena y extraña al imaginario de la comunidad, en buena parte de los casos inclusive son descritos como ladinos de aspecto europeo, de tez clara, en algunas ocasiones rubios e incluso de ojos azules; en otros aparecen como indígenas que son desconocidos en la comunidad del “contactado”, aunque estas apariciones son más escasas que las primeras. En algunos reportes se refiere que aparecen como hombres bien vestidos que andan a caballo o venado [7], que solo pueden ser reconocidos porque usan un sombrero que por debajo es rojo (La Farge y Byers, 1997:132). Como cada cerro tendría su propio dueño también es comprensible entender que habría una identidad particular a cada “dueño”; así en el área jakalteka el cerro Pale Witz, según La Farge y Byers (1997:133), tendría un dueño que sería un “cura”, pues se lo habría visto como un hombre que utiliza una especie de “sotana” o abrigo largo; mientras que el cerro Tonh Tx’alib, tendría como “dueño” a un “muchachito desnudo de 4 ó 5 años” [8].

Dentro de esa identidad particular que cada “dueño” tiene, sus actitudes y poderes parecen diferenciarlos más que el espacio geográfico que representan. En el caso del área de Todos Santos (Oakes, 2001:38-42), los cuatro “dueños” principales, fueron descritos por un informante así:

  • T-xe’ K’oyja, su poder podría disponer del agua, maíz y salud para el pueblo de Todos Santos, además de “pisto”. Sale a caminar con un chinchín, haciendo ruido para que le hagan caso, pero no hace el mal a los hombres. Este cerro está descrito como uno de los más “buenos”.
  • Tuj Xyolak sería capaz de ayudar con “pisto” y maíz.
  • Si’bilcha’x, no recibió descripción más allá de la mención de que también se lo conoce como T-xaq Ab’ech.
  • Twi’ B’atz’ sería el dueño al que se le debe pedir apoyo para obtener abundancia de maíz o rebaños, mediante el sacrificio de un gallo y el rezo. También este cerro fue descrito como uno de los más “buenos”.

    Entonces, en el caso de Todos Santos tenemos la percepción de los “dueños” como grandes benefactores, pero que también necesitan ser atendidos para escuchar los llamados de ayuda del pueblo. Además de tener identidades definidas como “dueños”, también se les atribuye o – mejor dicho – traslapa la identidad de “Alcaldes” o “Cargadores del Año” [9] a cada una de estas entidades, debido a que cada uno de los cerros que gobiernan se encuentra dentro de los límites rituales del pueblo de Todos Santos, marcando uno de los 4 rumbos cardinales, en los que se rotan los diferentes cargadores del año (Cuadro 1).

     

    Dueño/Cerro

    Alcalde o Cargador (Mam)

    Equivalente K’iche’

    Twi’ B’atz’

    Qman E’

    E’

    T-xe K’oyja

    No’j

    No’j

    Tuj Xyolak

    Kyq’iq’

    Iq’

    Si’b’ilcha’x / T-xaq Ab’ech

    Qman Chej

    Kej

    Cuadro 1: Dueños y Cargadores del Año de Todos Santos (según datos de Oakes, 2001)

     

    Quizás sea precisamente por ésta asociación con los “Cargadores del Año” que el informante de Maud Oakes, veía a los “dueños” como particularmente “positivos” al referirse a ellos. Ésta asociación con los 4 rumbos cardinales y los “cargadores del tiempo” también se puede ver entre los  Achi, de Rabinal, donde los 4 cerros ubicados en cada una de las direcciones, tiene una importancia particular ya que se los ve como “los cargadores del pueblo como horcones sosteniendo una casa” (Janssens y Van Akkeren, 2003:63); entendidos también como los Cargadores del Año y del tiempo, en una forma muy similar a lo que se encuentra en Todos Santos.

    Curiosamente no son los “dueños” patrimonio exclusivo de cerros y colinas, también los volcanes los tienen [10], al menos dentro de la percepción de los mames de Santiago Chimaltenango, pues a los 3 grandes picos volcánicos que son visibles desde su pueblo les tienen asignados un “dueño” particular (según Watanabe, 2006: 79 – 80):

    –       Para el Volcán Tajumulco, Rosnaa, un personaje masculino;

    –       en el Volcán Tacaná, Tokyaan, personaje femenino;

    –       y, como uno de los “dueños” más poderosos – sino es que el más poderoso para los mames de Santiago Chimaltenango –  se encuentra un personaje llamado Juan Noq [11] o Xwaan No’j, que tiene su residencia en el Volcán Santa María [12].

    El famoso Juan Noq, es descrito como un ser en extremo poderoso, con aspecto de ladino bien vestido, que busca hacer el mal constantemente a los chimaltecos. Tiene una necesidad afanosa de conseguir mozos para que trabajen para él, entre otras razones debido a que su casa es constantemente destruida por el fuego dentro del volcán que habita, debido a esto siempre está en busca de almas para llevar adentro de su morada (Wagley, 1957:192 – 194).

    Para lograr esto, Juan Noq tiene un amplio repertorio de enfermedades que envía a las diversas comunidades causando gran mortandad, logrando con ello la posibilidad de recolectar almas para su servicio. Debido a eso también se lo conoce como el “Dueño de la Enfermedad”, y aunque muchas veces es él quien realiza dicha actividad directamente, en varias ocasiones son sus “ayudantes” quienes hacen el trabajo por él. De esta manera es como los mames en Santiago Chimaltenango explicaban la ocurrencia de varias epidemias de tifus, viruela y otras enfermedades, entendidas como causadas por la aparición de “un personero del ‘dueño de la enfermedad” (Wagley, 1957:196)

    Previamente se había comentado que los “dueños” tienen como característica inherente a su ser  sobrenatural, la posibilidad de presentarse en una variedad de formas, incluyendo la de animales, ejemplos de este hecho se encuentran en el área Kaqchikel, donde los “dueños” aparentan tener un aspecto zoomorfo, pues se refiere que ellos aparecen en la forma de grandes seres serpentinos, que en algunos casos inclusive tienen cuernos (Fernando Roca, 2012 comunicación personal). En algunos casos esas grandes serpientes se mueven a lo largo de las montañas confundiéndose con ellas, pues al parecer sobre su cuerpo se encuentran árboles, que resaltan su asociación con la tierra, pues se las podría interpretar como literalmente “tierra en movimiento”.  Su aparición señala al que lo ve, que su última hora ha llegado y se encuentra próximo a morir.

    Curiosamente en la tradición oral de Rabinal, se menciona que en los cerros donde se encuentran los sitios arqueológicos de Kaqyuq y Chwitinamit, se encuentra una cueva donde vive un “dueño” en forma de serpiente que guarda un tesoro (Janssens y Van Akkeren, 2003:61).

    Serpientes  y duendes

    La asociación del “dueño” con las serpientes también se puede ver en otros ámbitos, por ejemplo el señor Tzuultaq’a de los Q’eqchi’, tiene en su hogar dentro de las cuevas una hamaca suspendida entre dos grandes ichb’olay o barba amarillas [13] (Sapper, 2000:33). Los poqomam de Chinautla dicen que al haber entrado en los dominios del “dueño” al interior del cerro, se pueden ver grandes serpientes domesticadas, cuyos movimientos son los causantes de terremotos y derrumbes (Reina, 1973: 252-254).

    La idea de las serpientes “domesticadas” recuerda mucho a una historia jakalteka en la que se comenta la aparición de un gran animal que medía “una cuerda” de largo – seguramente una serpiente – en la montaña (¿un “dueño” zoomorfo?) que porta dos cofres en su lomo, uno de color verde (riqueza) y otro rojo (la muerte). El hombre de la historia al obtener el cofre verde, se aseguro vivir y además de eso la riqueza derivada de poseer “el espíritu del trabajo y de los animales” (Silvestre Díaz et al., 2004:18).

    Las serpientes también tienen un papel en extremo importante dentro de la tradición y cosmovisión de los Ch’orti’, donde aparecen mencionadas constantemente como chicchanes, tanto celestes como terrestres. Para Wisdom (1961:444) son “las más importantes de las deidades nativas”. Llama la atención que estas serpientes también pueden aparecer con cuernos  y en algunos casos, con parte de su cuerpo emplumado. [14]

    Los chicchanes celestes, están fuertemente asociados con los fenómenos meteorológicos, como la lluvia o con el arcoíris – que es interpretado como el cuerpo extendido de uno de estos seres; además se encuentran distribuidos de acuerdo a los puntos cardinales, en número de 4 (aunque también se afirma que en realidad eran 4 parejas), viviendo en diferentes cuerpos de agua estacionaria, como lagos (ibídem: 445). Los chicchanes terrestres, también se encuentran asociados con cuerpos de agua, como ríos o arroyos, de los que se creía eran la esencia o espíritu (ibídem), en una forma similar al concepto de “dueño”. Al igual que en el área Poqomam se acusa a estos seres de ser los causantes de los movimientos telúricos, al moverse por el interior de la tierra mientras duermen.

    Los poqomam además de la presencia de éstas enormes serpientes también hablan de los duendes, llamados pan ye ko winak’, que al igual que los “dueños” son propietarios de los animales salvajes, particularmente de los venados. En realidad parecieran ser la forma local del personaje del “dueño” pues se los describe en manera muy similar: enanos de apariencia ladina que hablan español, usando ropa de corte ladino, a los que se les puede pedir un favor con el riesgo de morir a cambio de él (Gillin, 1958:306 – 308).

    Es interesante observar el paralelo que ocurre con una de las descripciones del “dueño” que los chimaltecos aj mees hacen al entrar en el estado de “poseído”, diciendo que es un personaje pequeño, de no más de 30 cm de altura, que en ocasiones se presenta con un látigo de culebras para azotarle (Watanabe, 2006: 232).

    El favor del Dueño, una transacción

    Como se mencionó antes, solicitar un favor a un “dueño” conllevaría también aceptar una deuda con él. Muchas veces el “favor” es pagado con creces al morir, pues el precio que por norma el “dueño” demanda es el alma de quien está solicitando el favor.

    Como acertadamente lo describe Piedrasanta (2009:56), más que un favor es “una transacción”, un intercambio, en el que no solo basta con ofrendar y rezar a una fuerza sobrenatural, sino que también se le debe entregar algo preciado, muchas veces lo más preciado: la vida misma.

    Generalmente a los “dueños” se les piden riquezas materiales o una buena cacería, recordando que también son dueños de los animales que se encuentran en sus cerros. Muchos grandes cazadores deciden ofrendarle su alma, a cambio de conseguir su “venado diario” o un número fijo de buenas presas, que tras terminarse cierran el contrato, falleciendo el cazador que se dirige a trabajar al interior del cerro (La Farge y Byers, 1997:132).

    Se puede afirmar que el precio de los dueños solo es uno: la vida; ya que al brindar un favor en vida a un hombre, se garantizan un trabajador o incluso alimento, al fallecer este. Cerrando así el contrato con grandes beneficios para ellos.

    Alimentando al “Dueño del Cerro”

    Siegel (1996:20), dejo muy claro la idea de la alimentación, el “dueño” busca atraer a la gente a su morada “en la cima del cerro”, para matarlas y comerlas. Los “dueños” son voraces en su apetito, que al parecer solo puede ser satisfecho con la sangre de los hombres. La forma de obtenerla es variada, pero se destaca particularmente una de entre todas esas, y es a través de la presencia del “cholero”.

    El Cholero o choolil [15], en Mam, es básicamente una persona que acepta ser el que le traiga “cabezas” al “dueño” a cambio de una recompensa material, generalmente en dinero (oro). En general se podría entenderlo como el “asesino del cerro”, quién le garantizaría un flujo constante de sangre y cabezas de las cuales nutrirse (Watanabe, 2006: 123). También se los llama matagentes, en el área de San Miguel Acatán, en esa zona son descritos por Siegel (1996:20) como asaltantes de comerciantes a los que mataban y decapitaban, para vaciar la sangre de los cuerpos; con el detalle curioso de que ésta sangre también era usada para proporcionar fuerza los molinos de harina. La idea del consumo de la sangre por parte de los “dueños” es muy clara, ya que en el líquido vital es donde radicaría la fuerza misma de la vida que les daría sustento.

    La forma en cómo una persona se convierte en cholero es aceptando el encargo del “dueño”, que en algunas ocasiones aborda directamente a la persona para ofrecerle dinero a cambio de cabezas (Oakes, 2001:41) o en otros casos usa un mecanismo más impersonal pero igualmente claro y directo, que es hacer aparecer en el camino de una persona en su trayecto en el campo una caja que a veces se encuentra pintada con el cuerpo de un hombre y cabezas decapitadas (Wagley 1957:191), con un machete sobre ella y en otras una caja repleta de dinero, pero también acompañada de un machete (Wagley 1957:189). La idea es clara: si se acepta el encargo, se tomará el machete, que significa ser el encargado de “matar gente para conseguir sangre para el guardián de la montaña donde encontró la caja”, (Wagley 1957:189) pero como pago por eso la caja que viene acompañando al machete siempre tendrá dinero que fluirá constantemente de ella.

    La otra forma común y conocida en que los “dueños” parecen alimentarse del hombre, es al transformarlos en animales, particularmente en marranos o cerdos. En varios relatos se habla de que al visitar la morada del “dueño” o al encontrarlo en el camino, hay cerdos con él. En una historia se dice que el “dueño” ofreció el trabajo de matar un marrano a una señora y que cuando se disponía a hacerlo el marrano le pidió que no lo hiciera porque ya había sido muerto en muchas ocasiones solo para renacer (Silvestre Díaz et al. 2004:22). En una referencia del área de Chinautla se dice que en la morada de un “dueño” se observan cerdos que habrán de ser sacrificados constantemente, que no son otra cosa que personas transformadas, engañadas por su deseo de oro (Reina, 1973: 252 -254). Lo que no queda muy claro es sobre si las personas que están transformadas en animales solo son las que han fallecido o si personas vivas también se encuentran entre ellos, debido a algún castigo u ofensa contra el “dueño”.

    El enojo del cerro

    Los “dueños de los cerros” pueden ser malignos como benignos, destacándose en particular sus actuaciones como seres que atacan a los hombres cuando estos les ofenden, por ejemplo al construir una carretera por las faldas de su “casa” sin pedirle permiso, o al llevarse o tomar animales que por su naturaleza peculiar pertenecen al “dueño” [16]. Actuaciones como ésas eventualmente se deben pagar con sangre.

    Algunas personas refieren que en la zona de “Las Cabras”, sobre la Carretera Panamericana, ocurren muchos accidentes debido a que el “cerro” se encuentra ofendido, pues se realizó una obra de gran envergadura en el “patio de su casa” sin siquiera pedirle permiso u ofrecerle alguna compensación a cambio. Debido a esto el “cerro” tiene una deuda de sangre con los hombres a los que cobra con sus vidas ocasionalmente, al causar los accidentes. Es a través de los que fallecen, que el “cerro” se encuentra resarcido temporalmente, pero al parecer su cólera y enojo se mantendrán, hasta que las disculpas respectivas le sean dirigidas. Como detalle curioso, parece que existe la idea de que en uno de los accidentes una culebra gigante paso golpeando a toda la gente dentro del bus (M. Guorón, 2012, comunicación personal), en cuyo caso habría sido la manifestación misma del “dueño” tomando cartas en el asunto directamente contra las personas que invaden su “casa”.

    Informantes de San Martín Jilotepeque advierten de otro caso similar, solo que en las cercanías de un cerro que está directamente sobre la carretera que permite el acceso a la cabecera municipal de ese municipio desde Chimaltenango, el “dueño” en este caso es una mujer anciana, que igual que el “cerro” anterior, fue ofendida por la construcción de una carretera en su “casa”. Lo curioso de este caso, es que los informantes reportan que se ha visto a dicha mujer bailando sobre varios buses, antes de que ocurra un accidente, quizás causando el descontrol del mismo que degeneraría en el percance. También se dice que aparece en la carretera, antes  de que una camioneta se accidente (M. Guorón, 2012, comunicación personal). Aparte de esta anciana, se dice que también se ha visto una pareja de pequeños seres parecidos a duendes, que también serían una manifestación del “dueño” ofendido, buscando cobrar su precio en sangre (Fernando Roca, 2012, comunicación personal).

    Al final siempre se debe de recordar que cada cerro tiene su dueño, que vive al interior del mismo, al que hay que mantener contento, porque puede causar accidentes y desastres, si no es respetado y atendido como se debe (Janssens y Van Akkeren, 2003:61).

    Un don del “Dueño del Cerro”

    Los “dueños de los cerros” en uno de sus actuares benignos al parecer llegan a otorgar dones y riquezas, a personas elegidos por ellos. Estas riquezas aparecen al favorecido señaladas mediante un “fuego nocturno” que marca el lugar donde se encontrarán, cuando se excava en el lugar señalado, que puede haber sido mostrado tanto en una visita en el campo como en un sueño, se encontrará una vasija (al parecer prehispánica), llena de oro y en algunos casos una serpiente, que al guardarse en un saco, dejará riquezas en su lugar. Es importante que el favorecido no comparta lo que ha visto con otros, porque de hacerlo al excavar no encontrará ninguna de las esperadas riquezas (M. Guorón, 2012, comunicación personal).

    Al parecer ir en contra de esos designios también puede llegar a acarrear la muerte, como le ocurre a un personaje que el “dueño” del cerro Tonh Tx’alib’ quiere favorecer, pero se resiste a la ayuda que le quieren brindar (Silvestre Díaz et al, 2004:16).

    Continuará

    [7] Que aparezca mencionado el venado, es un recordatorio de que el “dueño” también ejerce control sobre los animales silvestres, que él considera su “ganado o rebaño”.

    [8] Compárese con el relato de Silvestre Díaz et al. (2004:16), donde al mencionar el mismo cerro presentan al “dueño” como un adulto.

    [9] Los “Cargadores del Año” son el juego de 4 días, de entre los 20 días que forman el calendario ritual de 260 días (Cholq’ij, Tzolk’in), con los que el año puede empezar. Estos cuatro días son lo que pueden ocupar el primer día del año dentro de la cuenta del calendario solar de 365 días, así el primer día del año solar queda marcado por el día que marca el Cholq’ij, que nombra todo el año.  En el caso del área mam y k’iche’ estos son: E’, No’j, Iq’ y Kej.  Si el primer día del año fue el día 4 Iq’, ese será el nombre que reciba ese año, como ocurrió en 1977 entre los k’iche’ (Tedlock, 2002)

    [10] Entonces se puede afirmar que al menos para morar en el interior de la tierra dentro de clasificación indígena no habría diferencia, entre cerro, colina ni volcán, ya que los 3 representan lo mismo: una elevación en el terreno.

    [11] Wagley (1957:192 – 197) escribió Juan Noq, aunque la forma correcta sería Juan No’j.

    [12] Wagley (1957:192), los llama respectivamente: Rosna, Tokiaa y Juan Noq. Las primeras dos serían entidades femeninas y solo Juan Noq representaría a un dueño “hombre”.

    [13] Nombre científico Bothrops asper.

    [14] Es importante destacar la presencia de un ejemplo de pintura rupestre del área Ch’orti’, donde pareciera estar representada una de estas grandes sierpes con cuernos, reportada por Batres Alfaro et al. (2009) (Figura 3).

    [15] Este término se usa hoy en día en el Mam de Santiago Chimaltenango para referirse en general a una persona despreciable, que no tiene honor o ética, perdiendo poco a poco su connotación de “asesino del cerro” (Watanabe, 2006)

    [16] Algunos informantes dijeron que animales de naturaleza rara, que no son comidos usualmente por el hombre, como el tepescuintle, eran exclusivos del “dueño”.

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