El dueño del cerro [•]

Por Alejandro José Garay Herrera

Resumen

Hay quienes se creen lo de su “nahual diario”, cuando el mismo “Dueño del Cerro” es un verdadero nahual en toda su expresión; porque es un guardián del lugar.

Camino a Chuwa Nima'ab'äj, San Martín Jilotepeque. Foto de Edinilson De León.

Camino a Chuwa Nima’ab’äj, San Martín Jilotepeque. Foto de Edinilson De León.

Introducción

A lo largo y ancho de Guatemala se puede escuchar que en repetidas ocasiones se menciona un personaje sobrenatural que puebla muchas de las historias que componen la tradición oral de los pueblos indígenas; aunque sus apariciones también son conocidas y temidas entre muchos ladinos, es entre la población indígena donde se encuentran los mayores relatos de sus actos y vínculos con los seres humanos, tanto positivos como negativos. Este personaje por regla general aparece como un ser en extremo poderoso y rico, ajeno a las comunidades – un extranjero o forastero en apariencia y actitud – que sufre múltiples transformaciones y metamorfosis tanto en su apariencia como en su carácter. Su presencia se puede detectar a lo largo y ancho de las tierras altas mayas, desde la frontera con México, entre los grupos de filiación q’anjob’al y mam, hasta la zona oriental del país entre los poqomam y ch’orti’, aunque muchas veces combinado o asimilado con otros elementos y personajes de la tradición oral, como por ejemplo el duende (Wisdom, 1961).

El personaje del que se habla es conocido, tanto en la etnografía como en voz popular, como el “Dueño del Cerro”, o como lo llama Charles Wagley (1957): “Guardián del Cerro”; ambas denominaciones son un traducción aproximada de los diferentes nombres que recibe en las diversas comunidades donde tiene presencia, así se encuentran términos como: T-xol Witz [1], en Mam de Todos Santos (Oakes, 2001:38); Maam y Tzuul–Taq’a [2], en Q’eqchi’ (Janssens y Van Akkeren, 2003:60, Sapper, 2000); Witz Ak’lik, en Chuj (Piedrasanta, 2009:55); Witz Ak’al, en Akateko (Siegel, 1996:20); Taajwa Witz o – simplemente –  Witz, en Mam de Santiago Chimaltenango (Watanabe, 2006:79); Yahaw Witz, Heb’naq Witz, en Popti’ (La Farge y Byers, 1997:131); Maam y Rajawal Qajuyub’aal Qataq’ajaal [3], en Achi (Janssens y Van Akkeren, 2003:60)y, Rajawal Juyu’, entre los Kaqchikel (Cojtí et al., 2001(Figura 1); en general todos los términos se refieren al sentido de propiedad de un único ser sobrenatural que domina los terrenos “salvajes”, que se encuentran en las afuera de las comunidades, una zona que se presenta en clara oposición al mundo habitado por el hombre; que es peligroso si uno se adentra en él sin las respectivas precauciones (Watanabe, 2006).

Todo tiene dueño

Antes de adentrarse a revisar el carácter particular del “Dueño del Cerro” cabe recordar las siguientes palabras, pronunciadas por un informante de Maud Oakes (2001:41) en Todos Santos Cuchumatán:

 “Cada montaña tiene su dueño, ésta, ésa, hasta las colinas y los cerritos. Hasta las rocas grandes, los manantiales de agua, todos tienen dueño”.

Entre las comunidades mayas se encuentran ampliamente difundido el concepto de que hay un espíritu en cada elemento de la naturaleza con el que se trata, así hay un espíritu o dueño del maíz, de los diferentes cuerpos de agua, de los animales, etc.

También se asume que toda elevación de tierra, desde colinas, cerros, montañas e incluso volcanes, posee un espíritu que habita en su interior, utilizando dicho accidente geográfico como morada, siendo literalmente el “dueño” de dicho espacio, tanto de su interior como de su superficie. Llegando en muchas ocasiones a darse la fusión de la identidad del cerro con su dueño en forma absoluta (Janssens y Van Akkeren, 2003:61). Es importante recordar que dentro de la tradición oral indígena que los cerros se asemejen a seres humanos no es algo extraño: hablando entre ellos, realizándose visitas; y, aun más interesante, teniendo emociones como los hombres. Un caso muy conocido fue publicado por Robert Burkitt (1920), donde el cerro Xukanep, es participante activo de todo el relato, pero siempre actuando como si fuera una persona con relaciones con otros cerros personificados.

Ruth Piedrasanta (2009: 51 – 56) hace una distinción que es preciso recordar, entre dos tipos de “divinidades telúricas” que ponen a los hombres en “contacto con el espacio interno de la tierra”, por una parte están los Cerros Sagrados que fungen como protectores de los poblados; y por otra los Dueños de los Cerros, definidos como una “deidad antropomorfa de proceder ambiguo” que son relativamente accesibles al hombre, al momento de resolver “problemas o deseos personales”.

Características del Dueño del Cerro

Este “Señor o Dueño del Cerro” siempre aparece en el imaginario de las comunidades indígenas, como algo ajeno, no desconocido pero tampoco de confianza, que no pertenece al mundo de los hombres, pero mantiene contactos de diversas índoles con él. Sus características a lo largo de los diversos relatos se mantienen bastante uniformes, respetando las variaciones respectivas a cada región, en general los rasgos mencionados por Piedrasanta (2009:56) se pueden aplicar a todas sus apariciones, pero también con claras excepciones y adiciones a la lista:

  • Es hombre; aunque en muchos casos parece ser así, se debe destacar que también se conocen reportes de “dueñas” como la que habitaría en el Volcán Tacaná, Tokyaan, que los mames de Santiago Chimaltenango identifican como una entidad femenina (Watanabe, 2006: 79 -80); o como en la zona de San Martín Jilotepeque, donde también se habla de que uno de los cerros más importantes de la zona – que se encuentra al borde de la carretera de acceso a la cabecera – tiene por “dueño” a una anciana de corta estatura que distrae a los conductores causando accidentes por una agravio que ha quedado sin enmendar (Fernando Roca, 2012, comunicación personal). Sapper (2000:33) también menciona la presencia de formas femeninas y masculinas del Tzuultaq’a entre los q’eqchi’.
  • Habla el idioma local; en muchos casos esto se da por asumido, pero cabe destacar que su apariencia muchas veces es la de un foráneo frente a las personas que tienen contacto con él, por lo que a pesar de ser “extranjero” a la comunidad donde aparece hablaría muy bien el idioma local, ya sea Mam, Chuj, etc…
  • Se pueden presentar bajo múltiples formas; los “dueños” no se presentan con un aspecto siempre definido, en algunos casos se reporta que tienen apariencia de ladinos rubios y de ojos azules, que visten elegantemente con trajes en extremo elaborados, o como uno de los informantes de Wagley (1957:195) describiera: “Vestía ropas ‘como las del baile de la Conquista”; en otros casos su apariencia puede ser la de un indígena, aunque se distingue por no ser reconocido en la comunidad donde aparece o por vestir un traje diferente al de la localidad (Oakes, 2001: 41; Piedrasanta, 2009: 55); en un tercer caso, se afirma que también pueden aparecer con aspecto zoomorfo, como por ejemplo culebras gigantes, en ocasiones con cuernos (Fernando Roca, 2012, comunicación personal).
  • Son espíritus, no pueden morir. Claramente se habla de ellos en forma diferente a los seres mortales (i.e. seres humanos) reconociendo su cualidad de “eternos” por el papel que juegan en las diferentes historias, es importante mencionar que en las diversas fuentes nunca se habla de que un “dueño” haya muerto o haya sido asesinado, reconociendo implícitamente con ello que no pueden morir [4].
  • Tiene poderes sobrenaturales; los “dueños” se destacan como entes en extremo poderosos, con capacidades sobrehumanas. Como pertenecientes a otro “mundo” su fuerza y poder se manifiestan generalmente de dos maneras: con la capacidad de transformar a los seres humanos en otras cosas, especialmente animales; y, la capacidad de “teletransportarse” desde y hacia su casa en un abrir y cerrar de ojos, literalmente; este hecho está descrito como precedido por un gran vendaval, que ocurre cuando la gente cierra los ojos, tras lo cual al abrirlos de nuevo, ya se encuentran en el hogar del “dueño”.
  • Son de carácter ambivalente, los hay buenos y malos. Los “dueños”, así como tienen un aspecto benigno en muchas historias, ayudando a los hombres en tiempos inmemoriales (i.e. ayudando en la obtención del maíz u ofreciendo riquezas sin condiciones), también tienen un aspecto maligno – que es el que se ha destacado en sobremanera – por el que son temidos más que respetados, reconociéndose muchas veces que se les ofrenda a ellos, no tanto para alegrarlos como para mantenerlos al margen y aplacar su humor (Stone, 1995:39, Watanabe, 2006).
  • Se alimentan del hombre. En una amplia variedad de relatos se comenta de la “sed” o el “hambre” que los “dueños” mantienen, que solo puede ser aplacada con la sangre de los hombres, llegando a extremos en los que el cerro tiene “ayudantes” encargados de esta tarea exclusivamente, dedicados a conseguir personas para alimentarlo (Siegel, 1996:20; Wagley, 1957:189 – 190) En algunos casos el mismo “Dueño del Cerro” realiza tratos directamente con las personas, en los que a cambio de un favor, ellos quedan condenados en esta vida o en la próxima a servirle – en muchas ocasiones de alimento, como el “ganado” del cerro (para un ejemplo véase Silvestre Díaz et al., 2004:22).
  • Son ricos. Los “dueños” al habitar en el interior de la Tierra poseen todas las riquezas inherentes al ámbito del mundo subterráneo, son poseedores de cantidades enormes de dinero (oro), pero además poseen abundancia de bienes agrícolas que obtienen de sus “milpas”, ya que es precisamente en sus dominios de donde surge toda la posibilidad de crecimiento de las plantas, por lo que literalmente las “poseen”; esto se podría interpretar como una reminiscencia de las creencias prehispánicas en las que el mundo subterráneo (Inframundo), si bien era visto como un lugar peligroso y temible, también era el lugar de donde provenía la vida, de donde las plantas conseguían su sustento y fuerza. Así los “dueños” también podrían estar vinculados con la fertilidad y abundancia del alimento. Además del dominio y propiedad de su particular mundo subterráneo, los “dueños” tienen dominio sobre la superficie del cerro que poseen. De dicha superficie reclaman para sí constantemente el derecho del cultivo, pero más aún la posesión de los animales salvajes. Cada vez que un cazador espera obtener una buena presa, debe de antemano haber pedido permiso para llevarse un animal “propiedad” del “dueño”. Los animales que corren en libertad son los “rebaños” del “dueño”.
  • Actúa por una motivación personal. El “dueño” no busca lograr un beneficio para algún grupo o colectivo, busca exclusivamente el suyo, inclusive cuando está “ayudando” a otros lo hace en función de lo que puede obtener a cambio de eso, que es generalmente mozos o trabajadores para sus fincas dentro del cerro (Oakes, 2001; Wagley, 1957).
  • Se relacionan con los seres humanos directamente, a través de individuos no de grupos. Cuando los cerros quieren establecer contacto con el mundo de los humanos, no lo hacen buscando acercarse a un grupo en particular, por el contrario buscan preferentemente a hombres que se encuentran apartados de su comunidad, ya sea apareciendo en su camino en alguna vereda, o frente a personas que deambulan a altas horas de la noche o inclusive a los que andan pastoreando o trabajando sus milpas, siempre y cuando estén solos.
  • Son relativamente accesibles, ya sea por un encuentro casual o al convocarles. Los “dueños”, aunque podría decirse que permanecen alejados – inclusive se podría decir que indiferentes a las comunidades que tienen cerca –, se encuentran entre las entidades sobrenaturales que más fácilmente pueden ser contactadas por el hombre, particularmente cuando ellos nos buscan. En Santiago Chimaltenango (Watanabe, 2006: 231 – 232), se comenta que son accesibles ritualmente bajo un “precio”, que generalmente es el alma, por unos sacerdotes llamados aj mees [5], gracias a los cuales los cerros podrían ser contactados y llegando inclusive a hacerse presentes para atender las dudas de la gente y explicar si ellos se encontraban molestos con algo o alguien, originando con ello algún malestar o enfermedad.
  • Son celosos de su propiedad. Los “dueños” son extremo celosos de su propiedad, especialmente defienden su “casa” cuando intrusos se acercan a ella sin permiso. Una forma muy clara para entender esto es que muchas veces se acusa a los “dueños” de los accidentes en las carreteras, ya que se encuentran ofendidos porque al construirlas no se les pidió permiso para hacerlo, cuando en muchos casos el hombre destruyó buena parte de su “casa” para hacer esa obra (i.e. un segmento del cerro fue recortado para abrir la brecha donde pasaría la carretera, muchas veces referido como el “patio” de la “casa del dueño”). Junto con el recelo por proteger su hogar, el “dueño” reclama al hombre en varias ocasiones el haberse  “robado” o matado a alguno de sus animales sin pedir permiso o realizar una apropiado compensación (i.e. hacer costumbre para ganar su favor), pues se reconoce su dominio sobre los animales salvajes de su respectivo cerro, que en algunos relatos es definido como el “potrero del dueño”.
  • Residen en un mundo como el de los hombres, pero en el interior de la tierra, encontrándose su morada dentro del cerro del que son dueños. Ésta quizás sea una de sus características sui generis, pues de entre los diferentes personajes que pueden habitar el espacio de un cerro, ellos son los únicos referidos como habitantes del interior del mismo. A diferencia de otras apariciones y espíritus, se identifica claramente como su hogar un espacio al interior de la tierra, dónde se puede encontrar una casa o inclusive un pueblo “como el de los hombres” (Wagley, 1957). Ésta realidad “alterna” – si se le puede llamar así – además de estar poblada por el “dueño”, está habitada por los espíritus de todos aquellos que contrajeron alguna deuda o contrato en vida con él, para lograr algún favor, generalmente riquezas materiales, que después de muertos [6] deben de pagar trabajando en diversas tareas. Hasta cierto punto, ésta imagen recordaría a la del “infierno” en el cristianismo, quedando la duda de si en realidad un concepto más antiguo de raigambre prehispánica no ha sufrido una asimilación con dicha idea, como otro ejemplo del sincretismo religioso que caracteriza a las creencias religiosas de los pueblos indígenas.

Aunque se han enumerado varias características, es importante mencionar que en un relato no siempre se van a encontrar siempre todas presentes al momento de caracterizar un “dueño”, por ejemplo en muchos casos su dominio sobre el cerro y sus riquezas, vienen solo implícitas por sus ofrecimientos, al igual que sus grandes poderes sobrenaturales al ser capaz de transportar a la gente en un abrir y cerrar de ojos de un espacio a otro.

Continuará


[1] La ortografía de los diferentes nombres se conservará de acuerdo a como fue publicada por los diferentes autores, esto para evitar que en el traslado a las ortografías modernas aprobadas por la Academia de Lenguas Mayas de Guatemala, se pierda alguna apreciación o detalle que el autor de este artículo, por desconocimiento de los diferentes idiomas, no pueda comprender y trasladar correctamente a la ortografía correcta de nuestros días; sin embargo el nombre de las diversas comunidades lingüísticas sí sigue los lineamientos de la nueva ortografía.

[2] Tzuultaca, Tzuultaka o Tzuultaq’a, son diferentes nombres para mencionar a una de las divinidades que aun recibe culto entre los Q’eqchi’ de Alta Verapaz (Sapper, 2000), su nombre literalmente significa “cerro – valle”, identificándoselo en muchas ocasiones como el Viejo Señor de la Tierra, al que algunos autores (i.e. Janssens y Van Akkeren, 2003; Stone, 1995) identifican con el Dios N del período Clásico (ca. 300 – 900 d.C.) que es un personaje anciano que usualmente aparece emergiendo de un caracol o una forma que remite al cerro o la cueva (Figura 2) (Taube, 1992). Tzuultaq’a es considerado como el dueño de los cerros, el maíz, los animales salvajes incluso de la lluvia, al que se le debe pedir permiso antes de cazar y cultivar para obtener resultados positivo en ambas actividades, evitando su enojo  (Stone, 1995: 39; Sapper, 2000:34). Andrea Stone (1995:39), citando a Guiteras – Holmes (1961) y a Vogt (1969, 1981), comenta que los Zinacantecos  tienen un equivalente a este personaje llamado Yahval Balamil, que si bien es respetado no es un ser benévolo, sino que por el contrario su carácter amerita temerle, ya que roba las almas de los hombres. Esta entidad es descrita como un ladino gordo, en extremo rico y dueño de muchos animales. Tiene bajo su control a las lluvias, nubes e incluso truenos y rayos, además de la tierra de la que es amo absoluto.

[3] Literalmente, Dueño de Nuestros Cerros y Nuestros Valles.

[4] Aunque hay una historia en la que un “dueño” es herido, en este caso el del Cerro Tonh Tx’alib’ del área jakalteka, pero no se menciona en ningún momento que estuviera en peligro, por el contrario el agresor del “dueño” murió a los pocos días (véase Silvestre Díaz et al, 2004:16). Por lo que se dice que el “cerro se lo ganó”, por su ofensa.

[5] El aj mees, derivaría su nombre de la mesa que le sirve de altar durante el ritual, que siempre se realiza en la noche. Este especialista ritual, tendría un vínculo especial con el “dueño”, con el que había hecho un trato; quién lo poseía durante una entrevista que algún interesado necesitará hacerle, ya sea para pedirle ayuda o un favor. El cliente que recurría a este hombre, también quedaba amarrado al “dueño” y al morir tendría que trabajar para él (Watanabe, 2006:231 – 232)

[6] Aunque también se tienen referencias de que se puede trabajar dentro del cerro sin necesariamente estar condenado, sino que se trabaja para el “dueño”, ¡en calidad de empleado!, ganando un salario y con la posibilidad de que al terminar el trabajo se  puede regresar al mundo mortal sin tener que dejar el alma ni tener deuda con el “dueño” (véase Piedrasanta, 2009:56).

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2 comentarios en “El dueño del cerro [•]

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