Los mitos del maíz entre los mayas de las Tierras Altas (•)

Por Carlos Navarrete

 

Chuj: rezos de medio día durante la época de siembras. Cruz del Calvario, San Mateo Ixtatan, Guatemala. Foto de Carlos Navarrete

 








 


 

                  [Popol Wuj, versión de Sam Colop]

Un mito de creación del centro de Chiapas también asocia la substancia corpórea del hombre con cuatro alimentos hechos de maíz, “en correspondencia con los cuatro vientos de las direcciones: de tamal-bola el chiapaneco, de totopo el tehuano, de posol el chamula y de tortilla el guatemalteco; de fina masa de maíz los cuatro”.

En el tránsito tenue entre la historia y el mito donde se mueven los relatos mayas, la médula del maíz se convierte en carne, y el hombre padece las mismas pasiones, ansias y necesidades inherentes a su condición humana. Corta frutos, en el largo caminar va recolectando plantas y acampa a la orilla de los ríos. Los animales entablan un diálogo permanente con los hombres y los conducen a los montes a rogar por el nacimiento del sol, con la mirada hacia el oriente; cuando el ave k’eletzu rompió con su canto la penumbra de la naturaleza, el astro del día secó la humedad de la tierra y alumbró el mundo. Solo faltaba el alimento inicial, el que refleja el oro de la aurora. Entonces los animales les llevaron mazorcas amarillas y mazorcas blancas y les enseñaron el camino de Pan Paxil y Pan K’ayala’, donde el verdor de las milpas mostraba la abundancia.

 

Labores de labranza en el altiplano guatemalteco. Foto de Adalberto Ríos/Sexto Sol.

 Hasta aquí, en palabras reducidas, el relato antiguo de los mayas. Y si el Popol Wuj deja en un mítico lugar el punto donde los k’iche’ recibieron el don de las mazorcas, los relatos contemporáneos de algunos pueblos mam, q’anjob’al y popti’ de Huehuetenango e ixil del vecino Quiché, sitúan Paxil en el municipio de Colotenango. Es más, señalan el sitio en un cerro donde se levanta una roca.

Los caminos del maíz

 

Algunas cruces plantadas en los linderos de las comunidades, en las cumbres y en la bifurcación de los senderos, indican a los caminantes los caminos a Paxil. El cuervo, uno de los cuatro animales que en el Popol Wuj trajeron las mazorcas a los dioses, es también un relato local, el intermediario entre la naturaleza y los dioses:

Un cuervo tenía hambre, días tenía sin comer. Sus huesos y sus plumas, todo él negreaba, porque así estaba su pensamiento, más negro que la noche. Volaba y nada que encontraba de comer, como saciar su hambre. Fatigado, se fue a su nido a descansar, sin energía ya, todo jodido. Allá arriba estaba, mira que mira, en unas piedras bien altas cerca de las nubes, para que los animales de la tierra no interrumpieran su tranquilidad. Pero tenía hambre y ni dormir podía.

Ya se le cierran los ojos, ya están aguadas sus alas, cuando sintió bajo sus patas que la roca temblaba, pues de adentro salían como retumbos sin que hubiera caído rayo. Miedo le dio, pero, como los cuervos son muy curiosos, dispuso cerciorarse de donde venía el ruido. A pesar de su agotamiento, tuvo fuerzas para bajar y con su pico trató de hacer un agujero, pero a pesar de tener el pico duro, no alcanzó sino a rasguñar apenas lo macizo de la piedra. Cansado y todo se fue a buscar a un su amigo, el pájaro carpintero. Quien sabe de donde sacó ñeque, pero voló a contárselo; y como tampoco el pájaro carpintero había comido se devolvieron despacio a la roca donde el cuervo tenía el nido. A taladrar dijo aquel, y tac, tac, tac. Mirá que suena a hueco, y tac, tac, tac. Con la resistencia de su pico fue calando una pequeña grieta y ¡puchis! salió un gran kakaxtal de mazorcas de maíz que los cubrió toditos. Muchos granos salieron sueltos, desprendidos del xilote; y como tenían hambre, se dijeron: vamos a probarlos. Les encantó la comida nueva, el mejor sabor que nunca antes sintieron.

Con tanta fuerza brotaban las mazorcas que la grieta se hizo rajadura y el maíz subió hasta dejar cubierto el nido del cuervo. Ni importarle si tenía de comer, y voló a hacer otro nido lejos, donde no lo molestaran. El pájaro carpintero comió tanto que le creció la timba y no podía volar, hasta que hizo su caquita y voló a su casa. Así, todos los días, volaban de sus nidos a la roca; el cuervo comía un poco y se regresaba, llevando suficientes granos y mazorcas pequeñas para pasar el día, mientras que el otro pajarito a’i se quedaba empanzado.

Algunos señores que sembraban verduras vieron volar al cuervo siempre en una dirección, paracá y parallá, y notaron que del pico caían unas cositas blancas y fueron a ver; y de esa manera conocieron los granos de maíz. Vamos a probar si son buenos se dijeron. ‘Tan buenos comentaron, vamos a seguir a ese cuervo a ver de donde los trae. Y así fue como estos señores de antes encontrar este lugar de Paxil, donde había mazorcas blancas, mazorcas coloradas y amarillas y las pintas pues. Todas de saborcito distinto.

Luego vieron que de los granitos que el cuervo dejaba caer, salían unas plantitas cuando llovía, y dijeron que se iba llamar milpa. Fue cuando le pusieron sus cruces a este lugar de Paxil.

 

Continuará.

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